Una mirada parcial

En la pintura, como en la vida, Carmen y Felipe se complementan. Así siempre  los hemos visto y sabido quienes les rodeamos. Su pintura es la prolongación de sus personalidades. La obra de Felipe impulsa al movimiento, a hablar a borbotones, a vivir la vida que transmiten sus figuras o sus árboles, llenos de energía. La de Carmen, infatigable y callada observadora, invita a la reflexión mientras contemplamos el paso del tiempo a través de sus ventanales, a través de la mirada o el gesto de sus figuras.

No es habitual que Carmen Charro y Felipe de Madariaga expongan juntos: caminos pictóricos diferentes, públicos diferentes, aunque igualmente adeptos, ritmos de trabajo diferentes… Pero alguna vez, cuando la complicidad les ataca, se han animado a compartir las paredes de una galería, como en esta ocasión.

Desde que les recuerdo han compartido estudio, caballete frente a caballete, entre los que crecimos mi hermano y yo en una infancia luminosa con olor a óleo, aguarrás  y sonrisas. Mientras ellos, a veces turnándose, a veces al mismo tiempo, iban manchando lienzos con paciencia o impaciencia según la luz la inspiración o las circunstancias. Y así les imagino, desde la distancia dando forma a esta exposición.

Las ventanas iluminadas de Carmen, aunque nos dejen asomarnos a tejados, canales o prados según su ánimo, transmiten la serenidad y el sosiego que ella misma inspira. De nuevo, nos encontramos con esas mujeres y esos ancianos que esperan sentados viendo pasar la vida. Las tierras, también siempre presentes, son esta vez sobrias tierras de Castilla, que ya lo fueron de Cantabria o de Jaén, según la enamore un viaje.  La soltura de las pinceladas con las que extiende las telas y casi siempre presentes en sus cuadros, dan calidez al ambiente de sus bodegones que iluminan las paredes. Bodegones, “naturalezas vivas” que inventa y reinventa por decisión propia. 

Felipe, al margen de su constancia en ser un espléndido y generoso retratista, ha ido variando a lo largo de su vida superponiendo técnicas, estilos y temas, yendo y volviendo por múltiples caminos. En esta ocasión, se centra más en la figura: solitaria, en grupos, pero siempre en movimiento y con algo que decir.  Aunque no podían faltar sus oníricas composiciones de árboles  imponentes que nos trasladan a paisajes hermoso e imposibles.

En definitiva, es una placer adentrarse en estos parajes o asomarse a través de  aquellos ventanales, así como lo es ser su hija.

Laura de Madariaga Charro

Periodista

(Texto que acompañó el catálogo de la exposición conjunta que presentaron en 2006 en la galería 4S Pais d’art de Lleida)

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